VIAJANTE Y AJEDRECISTA

Una bonita historia real de amor y ajedrez

Roberto Pagura, director de la Revista "Nuestro Círculo" de Buenos Aires, nos ofrece esta bonita historia de amor y ajedrez que tuvo lugar en la romántica Argentina.

"Lo que voy a relatar sucedió en el verano del 75, cuando yo trabajaba como viajante de comercio recorriendo pueblos de la provincia y en las horas libres me distraía estudiando y jugando ajedrez. Se explica entonces que, estando en un pueblo de la costa donde se realizaría un importante torneo, yo no dudara un instante en inscribirme para jugar los tres días del fin de semana con la esperanza de ganar alguno de los tentadores premios que ofrecía el club local.

El mismo día en que se iniciaba el torneo, me encontraba tomando un café en el bar del hotel cuando descubro en una mesa contigua a la mía, sola como yo,  a una muchacha de singular encanto y belleza. Se cruzan nuestras miradas y al rato estábamos conversando animadamente. Había puntos en común en nuestras opiniones, factor que, unido a la atracción que despertaba en mí su hermosa figura, sus ojos y su voz, explica que en la primera partida no pudiera concentrarme como exige el ajedrez cuando se juega en serio.

Al día siguiente fue creciendo en ambos lo que entonces las revistas de moda llamaban un amor a primera vista. Y seguí jugando y obteniendo buenos resultados pese a mis explicables distracciones. Estuve con ella nuevamente en la playa y pasamos juntos la tarde del sábado hasta la hora en que se reanudaría el torneo.

Restaba la jornada del domingo, que dedicaría en parte a cerrar trato con algunos comerciantes, uno de los cuales adquiriría una importante cantidad de mis productos.  Estuve con ella por la tarde y quedamos en vernos por última vez a las 9 de la noche en la estación terminal, desde la cual Diana partiría para la Capital Federal.

Entré al salón del torneo apenado por la próxima despedida y preocupado por enfrentarme en la última ronda con Rivas, fuerte jugador local. Yo no podía, entonces y tampoco ahora, dominar mis nervios cada vez que me  sentaba a jugar una partida difícil. Y todos sabemos cuánto ello afecta nuestra capacidad de análisis e influye luego en el resultado de la partida.

Tengan en cuenta que no era mi situación muy cómoda, pues debía jugar la última partida apremiado por el tiempo y con uno de los mejores jugadores. La partida se desarrolló así:
 

Blancas: Juan Rivas     Negras: R. Yatay

1.e4 d5 2.exd5 Cf6 (tenía que romper con lo más trillado) 3.d4 Ag4 4.f3 Af5 5.c4?! e6! (no había logrado serenarme aún y ya comenzaba a pensar en Diana… la cuestión era terminar rápido con un golpe inesperado) 6.dxe6 Cc6 7.Ce2?! Cb4 8.Cg3 Cc2+ 9.Rf2 Ag6 10.Ae3 Ac5! 11.Ca3 Cxe3! (mi corazón ya comenzaba a latir más fuerte y mis esperanzas en llegar a la cita a tiempo iban creciendo…)

12.Rxe3 Cg4+ 13.fxg4 Dg5+ 14.Rf3 fxe6! (aquí ya respiraba más hondo y los curiosos rodeaban mi mesa sorprendidos de que un simple viajante le pudiera hacer fuerza al jugador local)

15.Ad3 0–0+ 16.Cf5 exf5 17.dxc5 fxg4+ 18.Rg3 h5 (Otra vez mi cuore a 200 pulsaciones por minuto. ¡Qué linda era Diana!, ¿podría llegar a tiempo?)

19.h3 h4+ 20.Rh2 g3+ 21.Rg1 De3

Mate!! 0–1 (¡el delirio! Pero yo debía disimular…)

Aquí mi adversario levantó la vista y con una sonrisa paternal estrechó mi mano… mientras yo no veía nada más que luces y ojos de aficionados que miraban azorados lo que para ellos era una verdadera hazaña: ¡¡¡ganarle al crédito local y en brillante forma!!!

Firmé la planilla, se la entregué temblando al director del torneo y salí rajando no sin antes recoger el bolso que casi dejo olvidado.

Llegué finalmente a la estación, que por suerte no estaba muy lejos, casi sin aliento y con el sudor que cubría todo mi cuerpo por el esfuerzo y la tensión que me embargaba.  Descubro, por fin, la figura etérea de Diana que me miraba sonriente desde lejos… Un abrazo y pronto subimos al ómnibus que nos llevaría de regreso a Buenos Aires. Ella se veía hermosa como siempre, con la piel tostada por el sol y yo blanco como todos los ajedrecistas noctámbulos-consumidores de café.

Cuando logré serenarme caí en la cuenta de que no había podido hacer tiempo para ver a uno de los comerciantes y perdía por ello una buena comisión… Pero qué importaba ahora si a mi lado viajaba la mujer de mis sueños, la que casi logra sacarme el vicio del ajedrez. A través de la ventanilla, los postes pasaban velozmente sobre el fondo inmóvil de la inmensa pampa y cada tanto árboles y vaquitas solitarias pastando, como ignorando que pronto se convertirían en sabrosos bifes. Cuando, de repente, me enfrento con la cara del comerciante que no había podido ver: un encuentro milagroso que me permitió cerrar, ahí mismo, la venta más importante de la temporada...

Ya en mi departamento de Buenos Aires, no habían pasado más de tres días cuando en mi cama siento, bien temprano, que me despierta una caricia y la suave mano de Diana me alcanza un sobre con la leyenda “Círculo de Ajedrez de Villa…”  con una nota y un cheque como ¡¡¡“Premio a la mejor partida del torneo”!!!...

Ya ven ustedes que a veces se dan todas las cosas favorables juntas: Amor… Honores … Dinero…

¿Qué más podía pedir?"


  Descargar la partida


Ir a la página principal